jueves, 2 de febrero de 2012

Prometiéndonos la vida.

 Seremos otros, seremos más viejos, y cuando al fin me mire en tu espejo espero, al menos, que me reconozca, que me recuerde a quien soy ahora.


Llevo toda la semana con una sensación extraña como por aquí, a la altura del estómago, que se extiende un poco más arriba, por el pecho, y no me deja pensar bien. Claro que no es una semana normal ésta, no, aunque creo que, más que a los exámenes, se debe a esa mezcla de fascinación y de inaceptación que me sacude cada vez que me miro en el espejo.

Es un miedo atroz (el pánico eterno, ¿comprendes?), que convierte la escena en un no-observarme en esa fisionomía; que le roba toda la ingenuidad al gesto de abrocharme el sujetador, al ponerme de perfil, al estirarme el cabello a-ver-hasta-dónde-llega. Ya no hay comprobación posible, se acabó el periodo de prueba y yo me doy de bruces contra mis veinte años preguntando quién narices es la que me mira desnuda desde la puerta del armario.

Feliz cumpleaños, mujer. Tendrás que aprender a caminar, ahora que perdiste las muletas de la excusa, ahora que el mundo te toma en serio (ja-ja-ja) y que el desfase (auto)percepción-imagen es más grande que nunca. Feliz cumpleaños, mujer. No te formalices demasiado pronto, por favor, no te vendas a terceros (a segundos sí, a segundos siempre) negando el verdadero significado de la década, disfruta cada orgasmo como ya desde la ingenuidad venías haciendo, aprende, aprende mucho y bébete el alma.

Y vive (ama), por favor. Que la vida es más compleja de lo que parece.